El comercio internacional es relevante por su contribución a la satisfacción de las más variadas necesidades de los países, ya que sobre la base de esta convicción se ha defendido la libertad de comercio como un instrumento que permite lograr un objetivo que podemos considerar universal: la mejora de las condiciones de vida y de trabajo de la población mundial, que está íntimamente relacionada con la renta económica generada y su posterior distribución. Además, el comercio internacional optimiza la movilidad de los recursos, asimismo, también incide en la formación de los precios internos, en los niveles de empleo, de inversión y en la elaboración de las políticas económicas.
Los orígenes del comercio se remontan a finales del neolítico, cuando se instituyó la agricultura. Al principio era una agricultura de subsistencia, donde las cosechas obtenidas eran las justas para la población dedicada a los asuntos agrícolas. Sin embargo, a medida que iban incorporándose nuevos desarrollos en esta actividad, las cosechas obtenidas eran cada vez mayores y los excedentes facilitaron un intercambio local de otros bienes por alimentos.
Hoy en día, gracias a las herramientas telemáticas de comercio electrónico, en segundos conseguir lo que a veces tardaba meses, acortando los tiempos y las distancias, el gran reto es la armonización de los mercados laborales y regulatorios para que también logremos transferir los mecanismos de organización social que han logrado generar bienestar en los países más aventajados tecnológicamente. La relación entre mayor libertad económica y desarrollo es irrefutable.